La oda a la naturaleza: El animalero de Humberto Ak’bal

Por Glenda Burrion

Ak´bal Marielle Che
Imagen de Michelle Che

Editorial Cholsamaj|Enlace Sophos

Este poeta chichicasteco nació en 1952; es miembro de la etnia maya quiché. A los 20 años perdió a su padre, por lo que decidió viajar a la ciudad de Guatemala para encontrar un trabajo que le permitiera sostener a su madre y a sus 10 hermanos. En 1889, conoció a Luis Alfredo Arango, quién lo animó a publicar su trabajo.

En 1999, salió al mercado su poemario Ajyuq’ El Animalero, que tuvo la aceptación del público y se convirtió en un éxito. Ak´bal es un escritor reconocido y premiado en diferentes lugares del mundo. Su trabajo ha sido traducido al francés, inglés, alemán, italiano, portugués, hebreo, árabe, escocés, húngaro y estonio. Además, ha sido premiado en países como Francia y Estados Unidos. Ak’bal no aceptó el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias. En una entrevista otorgada en 2005, declaró que no se sentía honrado de recibir un premio que se entregaba en honor al hombre que había escrito la tesis “El problema social del indio”.

La voz del poeta Humberto Ak’abal nos brinda un testimonio auténtico de la cultura viva de su pueblo.

Esa tarde
Una tarde me llamó:
sus ojos eran más grandes,
su mirada parecía recoger
lo que deseaba llevarse.
Su voz de tejedor,
de vendedor de miserias,
colérica y triste;
era ya una voz lejana.
Él había caminado ya un poco.
-yo empezaba el camino-
Corría detrás de sus pasos
con un tanatío
del tamaño de mis fuerzas.
Y esa tarde
¡esa tarde!
Camino al cementerio
lloré.
Volví solo
y me hice hombre.

Lluvia

En hilitos de agua
se desmadejan las nubes
y se hartan de tierra.
¡Qué fresco verdor de campos!
Juega la lluvia
chapoteando entre el lodo.
La tierra huele.
Y los pájaros
dejan volar sus cantos.

El barquito

La tarde no se quería ir,
todo era agua agua agua.
-El niño reía-
Soltó el barco de vela,
de su boca brotó el viento
y comenzó a navegar.
Se iba, se iba, se iba,
sus ojitos detrás del barco
y él, dentro,
soñando, cantando
hasta que se hundió…
Una hoja más del cuaderno
y continuó su viaje
en otro barquito de papel.

Ceniza

Y todo se consumió.
La ceniza aún quema,
el viento llora,
busca,
sabe que allí hubo una hoguera…

Paraíso

Aquí era el paraíso.
Maíz, trigo, frijol,
no había fruto prohibido,
las culebras eran mudas.
Je’likch’ y Kowilajche’
hacían el amor sobre la hierba
y se cubrían con el cielo.
Hasta que hablaron
las serpientes:
prohibieron los frutos
y se repartieron entre sí
el Paraíso.

Con este trabajo, concuerdo con el poeta español Antonio Gamoneda cuando dijo: “Quedo, de la poesía de Ak’abal, seriamente impresionado por su esencial sencillez, por la elementalidad sagrada en que palpitan las palabras que revelan los hechos, las cosas, los seres directamente naturales…”

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