Guaterótica

Por Angélica Quiñónez

Cuerpos_Final
Imagen de Cuentiemos

F&G Editores|230 páginas| Enlace F&G Editores

Hace algunos meses supe del lanzamiento de una antología de relatos eróticos escritos por mujeres (la mayoría guatemaltecas). Me cuesta pensar que el lanzamiento, cercano al estreno de la infame adaptación cinematográfica de la novela 50 Shades of Grey, haya sido completamente coincidente. Sin embargo, considerando la lamentable calidad literaria del bestseller de E.L. James, me alegró saber que el género erótico, poéticamente trabajado por Anaïs Nin, no había descendido de un arte sensual a una pornografía mediocre.

Cuerpos: Relatos eróticos por mujeres consta de veintinueve autoras y cuarenta relatos distribuidos en más de doscientas páginas. Algunas de las autoras, como Marilinda Guerrero, Denise Phé Funchal, Vanessa Núñez Handal, Carol Zardetto, Carolina Escobar Sarti, Silvia Donoso y Lorena Flores Moscoso, cuentan con obras publicadas de poesía, cuento y novela. Otras narradoras presentan su debut en esta antología, sugerentemente ornamentada con un macro de una granada en su portada. La edición fue trabajada por la socióloga y autora Denise Phé Funchal y Raúl Figueroa Sarti, de F&G Editores.

Me aparto ahora de los detalles técnicos para hablar de mi recepción del libro. Prevalece la temática que considero dominante en la literatura femenina: la búsqueda de la identidad, conflicto que probablemente emergen de la batalla inmanencia-trascendencia que describió una feminista de Beauvoir. Los cuentos generalmente tienen protagonismo femenino, narrado en primera persona. Encuentro dos tipos de relatos, diría yo, epifánicos. Por un lado, tenemos protagonistas jóvenes, bellas, a la deriva de descubrir su sexo en un hombre mayor, en un póster de superhéroe, en una amiga. Por otra parte, y de manera más abundante, destacan los relatos de mujeres que revolucionan su experiencia del cuerpo. Se convierten en amantes, ajenas y propias, en experiencias que trascienden la mera penetración, y descubren una nueva experiencia en un motel, en un extraño, en una nueva amistad, en un retrato de Erszebet Bathory, en una llamada telefónica, en el avistamiento de un encuentro ajeno…

Las protagonistas suelen terminar en un estado de satisfacción, alivio, incluso picardía, y asumo que es consecuencia natural de la tensión que acompaña los encuentros sexuales. Las protagonistas recurren al sexo para liberarse del duelo, del abuso marital, del tedio cotidiano, de la incapacidad para encontrar un propósito. En unos pocos relatos existe el protagonismo masculino, como testigo enfocado en el personaje de la mujer. En otras historias, el sexo viene a ser una fuente de vergüenza, temor y peligro, a través de los ojos de un personaje abusado, o perturbado por el propio deseo. Es en estos momentos que los relatos se parecen más a cuentos sobre erotismo que a cuentos eróticos.

Uno de los problemas más graves en esta antología es la repetición de ciertos tropos: descubrir la homosexualidad en el afecto de otro personaje, alcanzar ese traumático primer orgasmo con el amante prodigioso o la técnica adecuada, escapar la expectativa social del amor y la familia, lograr un nuevo reconocimiento propio con la masturbación… Algunos de los relatos se tornan predecibles. Por otra parte, la inclusión de autoras primerizas con autoras experimentadas provoca unos contrastes serios en cuestión de estilo. Algunos de estos relatos, considero, no tienen valor artístico ni estilístico (en algunos casos, ni siquiera pornográfico) porque se confían del escándalo para cautivar a su lector, usando imágenes de racismo, sexismo o infidelidad con un lenguaje empobrecido. Otros relatos fallan porque no alcanzan a crear una verdadera tensión que estimule al lector, o que al menos justifiquen el desarrollo de su personaje, por ser tímidas descripciones del acto en su trilladísima forma de misionero. Considero que podría haberse un trabajo más cuidadoso con la edición y publicación de los textos, pero esa es, definitivamente, solo mi opinión.

Cuerpos evidencia lo siguiente: escribir erótica no es tarea fácil. Desde el momento en que se buscan las palabras para describir el sexo, la autora libra una batalla lingüística interior, entre los términos clínicos, los millones de motes vulgares, las metáforas elaboradas o los eufemismos más incómodos. Es difícil transmitir esa excitación cuando se escribe “él penetra con su pasión en su deseo, húmedo con ganas” o cuando se escribe “el escroto rozaba su labia mayor a medida que el glande se introducía en la vulva”.

La buena erótica depende enormemente de la capacidad para describir el jugueteo de la seducción: construir suficiente tensión yuxtapuesta a la sugestión, o introducir un conflicto que justifique esas inclinaciones por necesidad en sus personajes. De esta manera, incluso el acto del coito resulta prescindible, porque existen ya las emociones genuinas de ansia y apetito. Describir el mero acto del sexo equivale a escribir una pornografía, tal vez con eufemismos pudorosos á la E.L. James, o con metáforas que la disfracen de arte moderno.

En el mejor de los casos, la erótica ni siquiera se enfoca en su historia o su personaje, sino que permite al lector experimentar la excitación a través del lenguaje y su transformación en imágenes inesperadas que excitan los sentidos. Tal como la poesía no se parece al lenguaje cotidiano, la erótica no se parece al sexo de todos los días. La erótica, como la poesía, es una breve experimentación de belleza para estremecernos y salir de la rutina lógica en que hemos aprisionado nuestro entendimiento, físico y lingüístico.

Cuerpos tiene textos bellos, impactantes, confusos, sosos y vergonzosos en distinta medida. Vale la pena un reencuentro con algunas de nuestras autoras consagradas, acompañado de la introducción para estas nuevas y jóvenes autoras. Ahora que se publicó la novela con la perspectiva masculina del protagonista de 50 Shades of Grey, me gusta pensar que podría crecer el género erótico, alcanzando otros cuerpos, otros lenguajes.

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